¡He vuelto!
He vuelto al blog que andaba esperándome. Hoy voy a hablar de las bondades de las lavadoras y secadoras americanas y de lo que echo de menos una fregona y un váter español. Las lavadoras autóctonas son como tanques de grandes, se cargan por arriba como deberían ser todas si no tuviéramos ese afán por aprovechar hasta el último centímetro de encimera. Estos tanques sueltan el agua en forma de sábana, a lo niagara, y entran como 12 kilos de ropa. Los programas de lavado con infinitos, así que tienen un salpicadero más grande que el del Airbus. Pero el bendito aparato casero es la secadora. No se tiende la ropa, no hay que esperar horas o días a que se seque, nunca más recoger la ropa corriendo porque llueve o poner el tenderete dentro del salón por si acaso. Y la ropita sale calentita. Lo del váter es curioso. Desde que llegué siempre pensé que estaba más bajo que los de España, pero lo que de verdad echo de menos es lo rápido y fuerte que evacuan, con ese ruido terrible, pero qué bien lo hacen. Aquí son como más vagos, todo lo hacen mucho más lento y no mola nada. Y las fregonas, quiero una fregona que friege, no que restriegue, y encima no hay manera de enjuagarlas decentemente.
Y he vuelto a clase también. Me han tenido secuestrada unos gérmenes de tamaño americano que se han apoderado de mi dejándome maltrecha en la cama. Esto empezó el viernes pasado. Y ha sido un viaje terrible. Mi cuerpo era un dolor. La fiebre no me ha bajado hasta el martes, día en que decidí volver a clase con los japos. Tengo una profesora sustituta nueva india estupenda. Morenita. Es tan maja. Luego he hecho algo infantil, le he contado la historia de los gérmenes que me han tenido atada a la cama torturándome la cabeza y sin dejarme comer. Y sí, estaba intentando dar pena para llamar la atención. Pero la vuelta a casa ha sido un viaje penoso. Cuando he salido del metro estaba mareadísima y King st W se alargaba como si fuera de goma y por mucho que me esforzaba no avanzaba. No llegaba, no llegaba. Pero ya estoy de vuelta. Con la nieve, con los muchos bajo ceros.
He vuelto al blog que andaba esperándome. Hoy voy a hablar de las bondades de las lavadoras y secadoras americanas y de lo que echo de menos una fregona y un váter español. Las lavadoras autóctonas son como tanques de grandes, se cargan por arriba como deberían ser todas si no tuviéramos ese afán por aprovechar hasta el último centímetro de encimera. Estos tanques sueltan el agua en forma de sábana, a lo niagara, y entran como 12 kilos de ropa. Los programas de lavado con infinitos, así que tienen un salpicadero más grande que el del Airbus. Pero el bendito aparato casero es la secadora. No se tiende la ropa, no hay que esperar horas o días a que se seque, nunca más recoger la ropa corriendo porque llueve o poner el tenderete dentro del salón por si acaso. Y la ropita sale calentita. Lo del váter es curioso. Desde que llegué siempre pensé que estaba más bajo que los de España, pero lo que de verdad echo de menos es lo rápido y fuerte que evacuan, con ese ruido terrible, pero qué bien lo hacen. Aquí son como más vagos, todo lo hacen mucho más lento y no mola nada. Y las fregonas, quiero una fregona que friege, no que restriegue, y encima no hay manera de enjuagarlas decentemente.
Y he vuelto a clase también. Me han tenido secuestrada unos gérmenes de tamaño americano que se han apoderado de mi dejándome maltrecha en la cama. Esto empezó el viernes pasado. Y ha sido un viaje terrible. Mi cuerpo era un dolor. La fiebre no me ha bajado hasta el martes, día en que decidí volver a clase con los japos. Tengo una profesora sustituta nueva india estupenda. Morenita. Es tan maja. Luego he hecho algo infantil, le he contado la historia de los gérmenes que me han tenido atada a la cama torturándome la cabeza y sin dejarme comer. Y sí, estaba intentando dar pena para llamar la atención. Pero la vuelta a casa ha sido un viaje penoso. Cuando he salido del metro estaba mareadísima y King st W se alargaba como si fuera de goma y por mucho que me esforzaba no avanzaba. No llegaba, no llegaba. Pero ya estoy de vuelta. Con la nieve, con los muchos bajo ceros.
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